Lecciones valiosas

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La narración concluyó y mi viejo pastor guardó silencio. —Es hermosa la historia —le dije con sinceridad.

—Un verdugo del ministerio es acoger al matrimonio de las dos erres: rencor y remordimiento. No dejes que las decepciones te amarguen; es fundamental metabolizar los desengaños de modo que nos hagan madurar sin pudrirnos —había algo sedante en sus palabras—. Hay frutas que maduran, mientras que otras se pudren. Metabolizar las decepciones hasta extraer de ellas valiosas lecciones lleva a lo primero, pero paladear la decepción y recrearnos en lo que la provocó con ánimo autocompasivo es un atajo a lo segundo. No des espacio al rencor —casi suplicó—. El rencor es como un óxido capaz de amargar el acero más dulce. ¿Recuerdas las palabras de Jesús en Lucas 6.37? —preguntó, pero no aguardó mi respuesta—: «No juzguéis, y no seréis juzgados […] perdonad, y seréis perdonados». Aunque está redactado en tono imperativo, más que un precepto es un seguro de vida. Hijo, una clave con respecto a los errores es aprender a disculpar los que cometen las personas que nos rodean.

Le escuchaba con atención y, mientras lo hacía, determinados textos de la Biblia hacían eco en mi memoria:

Si alguno fuere sorprendido en una falta, restauradle con espíritu de mansedumbre. (Gálatas 6.1)