Amor y sinceridad

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Se pegó a mí como una segunda piel, respetando mi silencio y velando mi desvelo, hasta que, transcurrido largo tiempo, una mañana se sentó frente a mí decidida a no aceptar más evasivas por respuesta: — Por tu bien, por el de nuestro matrimonio y por el de la iglesia, dime qué te pasa…

Ni en mil vidas podría olvidar la dulce presión de su mano en la mía, ni sus ojos, inequívocamente sinceros, enfocándome con fijeza y aguardando mi respuesta. Agaché la mirada. Su mano bajo mi mentón me obligó a levantarla. — Dime qué te ocurre, por favor — no era una orden, sino una súplica. — Está bien — capitulé —. Lo siento, amor, pero no tengo fuerzas para continuar; voy a dejar el ministerio…

Sin descomponérsele el gesto, lloró. No soltó mi mano ni apartó sus ojos de los míos; solo lágrimas soltó. — Tomes la decisión que tomes — casi lo susurró —, estaré a tu lado.

No hubo juicio en sus palabras, sino raudales de comprensión, la perfecta medicina para mi alma.
Aquella mujer no tenía respuesta para mis preguntas, pero no eran respuestas lo que yo necesitaba, sino comprensión.